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Libro. “Las Cartas de Darwin”, muestra a un científico desvivido por su familia y amigos.

In d. Evolución humana, I-Bibliografía y revistas digitales on julio 7, 2012 at 09:45

Efemérides del 12 de febrero. Nace Darwin en 1809

Detrás de dos obras claves en la historia de la ciencia (‘El origen de las especies’ y ‘El origen del hombre’) descansan el trabajo y la inteligencia de Charles Darwin (Shrewsbury, 1809-Kent, 1882). Prolífico autor de la mejor literatura científica, sus investigaciones sobre la evolución forman una de las columnas de la biología moderna.

Pero para llegar a ese punto de excelencia, el científico que se atrevió a decir que el hombre viene del mono compaginó observación propia, en sus viajes por todo el mundo, con miles de horas de despacho: recorrió los cinco continentes en el mítico Beagle y a la vez, se escribió con biólogos, geólogos, zoologos y hasta jardineros que le proporcionaron los conocimientos y los materiales sobre los que logró sustentar sus teorías. Ahora, la editorial Catarata y el CSIC publican ‘Correspondencia de Charles Darwin’, dos tomos con centenares de cartas que muestran, sobre todo, a un científico apasionado por su tarea, pero también dejan entrever a un ser humano que se desvive por su familia y por sus colegas.

Tal fue la magnitud de su actividad epistolar que Darwin se veía obligado periódicamente a quemar las cartas más antiguas para hacer hueco a las nuevas. Por eso, apenas se conservan las franqueadas con anterioridad a 1859, año de publicación de ‘El origen de las especies’. Fue el éxito de esta obra el que impulsó a los hijos del naturalista a convencerlo de que guardara todas.

En esta correspondencia ingente e inabordable temáticamente, ya que Darwin tocó ciencia y asuntos mundanos, a veces sin solución de continuidad, la polémica sobre la evolución del hombre protagoniza algunas de las misivas más vibrantes. Por ejemplo, la supuesta actividad de un ser superior en el proceso evolutivo. «Se ha dicho que no puedo estar de acuerdo con que ‘las variaciones son el efecto de una ley desconocida, ordenada y guiada, sin duda alguna, por una causa inteligente o un plan preconcebido y definitivo’. Me diría honestamente si cree que la forma de mi nariz (¡ay!) fue predestinada y ‘guiada por una causa inteligente’», ironiza Darwin en una carta enviada al geólogo C. Lyell en 1861. En realidad, la mayor parte de los textos trata de biología, así que los dos tomos de la ‘Correspondencia de Darwin’ constituyen una delicia para los naturalistas.

«Contador de historias»

Pero no solo de ciencia vivió el genio británico. Mucho tiempo antes del debate sobre la evolución ya se esbozaba la figura de un Darwin entregado desde niño a la naturaleza, pero también con grandes cualidades para la divulgación. «Fue poco después de comenzar a coleccionar piedras, pongamos cuando tenía nueve o diez años, que recuerdo claramente el deseo de tener algún conocimiento sobre cada guijarro. En ese entonces era un gran contador de historias, simplemente por el puro placer de excitar la atención y la sorpresa», escribe el científico rememorando su infancia.

Hombre familiar y devoto de su mujer y sus hijos, apenas quedan, sin embargo, unas pocas cartas de las que Darwin escribió a su prima Emma Wedgwood, que acabó convirtiéndose en su mujer. Lo más parecido a un texto de amor fue la misiva, cariñosa, sí, pero algo apocada, que el naturalista envió a su futura esposa en enero de 1839, poco antes de la boda. «Cuánto espero que usted pueda ser tan feliz como sé que lo seré yo […] Mi queridísima Emma, le ruego encarecidamente que nunca se arrepienta de la gran y, añadiré, buenísima acción que va a llevar a cabo el martes: mi querida y futura mujer, Dios la bendiga».

Y de su cariño a los nietos queda la carta que un Darwin ya anciano dirigió al botánico William Thiselton-Dyer: «Todos en esta casa adoramos humildemente a nuestra nieta y creemos que el pequeño granito de su nariz es de lo más hermoso».

Pocas alegrías más se da Darwin en su correspondencia, muy centrada (por lo menos, la que se conserva) en asuntos científicos. Por eso sorprende la misiva que envía a su colega J. D. Hooker en mayo de 1854. «Empiezo a pensar que la disipación, el vivir por todo lo alto, con una buena cantidad de clarete, es lo que deseo». Y es que la salud, o mejor dicho, la falta de ella (Darwin, que paradójicamente confiesa «no creer en la medicina», sufrió crónicos problemas de estómago, coronarios y dolores de cabeza), constituye el objeto de buena parte de sus escritos. En una ocasión, con sincera pena declina la llamada del botánico Asa Gray para viajar a Estados Unidos. «En verdad, no hay nada que pudiera disfrutar más, pero mi salud no es, ni será nunca, lo suficientemente fuerte, excepto en la más tranquila de las rutinas de vida campestre». Rutinas, como escribir cartas, en las que Darwin halló la fuerza para desarrollar una obra científica polémica y apabullante.

vía La Voz Digital.

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