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Beatriz García Alonso muestra el quirófano del Arqueológico de Asturias.

In Asturias on febrero 10, 2013 at 20:20

El pasado se recupera en el quirófano del Arqueológico

Huesos, estelas romanas, capiteles de templos románicos, monedas, colgantes y puntas de lanza esperan tratamiento entre el material quirúrgico

El laboratorio de restauración del museo de Asturias diagnostica, cura, replica los originales, documenta la verdad o falsedad de las piezas y vela por la conservación de todos los yacimientos

El pasado se recupera en el quirófano del Arqueológico

En una zona recóndita, al otro lado de una gran puerta doble que responde solo con tarjeta magnética, el pasado, ya lleve marcas romanas, estructura neandertal o hierro de otra era, espera para ser curado. Para que la memoria física que tenemos de otros tiempos, los restos arqueológicos, las columnas de los templos o las estelas funerarias pervivan es necesario su paso por el quirófano y eso es el laboratorio de conservación y restauración del Museo Arqueológico de Asturias. Una auténtica sala de operaciones, en la que se atienden las patologías de las piezas con algún deterioro, como un capitel en caliza de lastra, del siglo XII, localizado en el yacimiento de la Corrada del Obispo, que estuvo expuesto en el viejo museo y estaba prácticamente desmembrándose por la cristalización de las sales. Ahora, en el laboratorio, se está investigando su mal para poder detenerlo. Pero el trabajo va mucho más allá. A veces, Beatriz García Alonso, restauradora arqueológica del equipamiento, también debe ponerse los guantes de látex y tomar el bisturí y las pinzas para rescatar de tratamientos antiguos, obsoletos y, en muchas ocasiones dañinos, restos de suma importancia. Es el caso de un esqueleto de la Paré de Nogales, que se cree pertenece al último periodo del cenozoico.

Sus huesos están unidos por un amasijo de silicona y fibra de vidrio con el que se intentó consolidar el conjunto tiempo atrás. Ahora la ‘cirujana’ deberá aplicar todos sus conocimientos de arqueología, anatomía y también de la delicadeza que le ha dado su licenciatura de Bellas Artes para librar de esa ‘cárcel’ la estructura ósea. «Es lo que más me gusta», dice, confesando que el esqueleto ya tiene nombre propio. Se llama Pedro y ocupa el centro de una mesa, plagada de material quirúrgico, de pruebas para determinar las actuaciones a realizar y ensayos para comprobar resultados. Ensayos que se hacen en materiales ajenos a las piezas. «Reproducimos la patología que tiene la pieza enferma en un objeto en el que nosotros creamos sus mismas condiciones, su estado actual. Luego aplicamos el tratamiento en una probeta y si da resultado positivo, lo acabamos aplicando a la materia original definitivamente».

Alfileres de colores

Y entre los grandes proyectos, un buen número de pequeños objetos que sirven de intendencia, como unos alfileres de colores con los que Beatriz señala nuevos territorios de interés. Por ejemplo, en el esqueleto prehistórico, cada vez que encuentra un elemento ajeno a la masa ósea y que parezca de interés, abre una nueva porción de investigación. «Luego micro excavo en la zona con mucha delicadeza». Cada mínima partícula no identificada, pero con posibilidades de arrastrar pasado concreto, acude a un recipiente. Tiene la mesa plagada de ellos. Y todos son para ella, porque la restauradora trabaja sola («hubo un tiempo en el que éramos varios, sobre todo cuando el museo se acababa de abrir»).

Normalmente lo hace en varios frentes a la vez. La postura, inclinada sobre la pieza a tratar, unida a la lentitud con la que se observan resultados, obliga a cambiar de proyecto para evitar el agotamiento, no solo físico, también mental.

El pasado se recupera en el quirófano del Arqueológico

En su futuro más cercano llama también la atención una tapa de una posible letrina medieval-moderna, localizada en las excavaciones de la calle de la Rúa, las que se realizaron al iniciar las obras de ampliación del Bellas Artes. Su trabajo en ella es de «restauración completa de sus piezas metálicas, bronces y hierros». Su destino, probablemente las vitrinas del museo (del Arqueológico).

También espera restauración una inscripción funeraria, de piedra arenisca, del siglo X, descubierta en el yacimiento de San Miguel de Bárcena. Un grupo de adornos y puntas de lanza, perteneciente al yacimiento de Monte Curriechos, de La Carisa, así como diverso material de hierro, hallado en Beleño y en Ribadesella.

Otras piezas aguardan sobre la mesa de operaciones para dejarse aplicar una limpieza de conservación preventiva y el adecuado acondicionamiento para una futura exposición. Algunas, incluso para entrar perfectamente documentadas en la base de datos. De hecho, en el laboratorio, en otra estancia separada, reposa un ara, que pudiera ser romana, pero ofrece alguna duda. «Expertizar es parte también de este trabajo». Esa es una labor que se hace entre varias personas. «Días atrás estuvo en el laboratorio una epigrafista que intentó sin éxito dar contenido a las marcas grabadas».

Y el ara no es el único elemento en busca de su verdadero origen. Muy cerca de ella una estela, que ofrece huellas de la antigua Roma, también aguarda para ser documentada y fotografiada. Las instantáneas de los restos son asimismo ejercicio del laboratorio. «Así evitamos que las piezas sean manipuladas fuera».

Cuando se requieren imágenes para un catálogo de una exposición o, simplemente, para tener el material archivado con todo detalle, se fotografía allí mismo, en una mesa especialmente diseñada, con focos apuntando el objetivo. Instalada justo frente a una gran ducha de protocolo, eficaz en caso de una contaminación. «Trabajamos con ácidos que son peligrosos», dice con ese brillo delator en los ojos de quien habla de sus pasiones, aun sabiendo que no siempre son seguras.

El pasado se recupera en el quirófano del Arqueológico

Se trata, en todo momento, de seguir los criterios de conservación y restauración marcados por los organismos especializados nacionales e internacionales. Seguir, precisamente, sus consejos ofrece las pautas de otra de las labores de la restauradora, la creación de réplicas.

En ocasiones la exposición permanente del museo sufre alguna ausencia, debido, por ejemplo, al préstamo de material a otro museo o a una exposición temporal en concreto. Para evitar el vacío, se sustituye el original para la copia. En hacerlas Beatriz aplica todos sus conocimientos de Bellas Artes. «En arqueología nos enseñan a crear réplicas, pero haber estudiado Bellas Artes me ayuda mucho más».

De la cueva del Buxu a Madrid

Hace poco salieron de su laboratorio la reproducción de un fragmento de tibia de ciervo con un caballo grabado, un colgante de marfil de cachalote, que por un lado muestra una ballena y por otro un bisonte; la valiosa cabeza de Entrefoces, y una escultura de ave sobre colmillo de oso, de la cueva del Buxu. Las cuatro piezas fueron cedidas por un tiempo al Museo Arqueológico de Madrid y en las vitrinas de Asturias han sido sustituidas por sus réplicas.

El pasado se recupera en el quirófano del Arqueológico

Y del mismo modo que las piezas salen del museo, también parte del trabajo de la restauradora se ejecuta fuera de sus renovados muros. De hecho entre las competencias de su departamento, que da cabida a investigadores y profesionales de diferentes ámbitos, está la de velar por la adecuada conservación de los yacimientos dependientes del museo. «En la actualidad estamos llevando a cabo una campaña de monitorización de un total de 7 cuevas. Por el momento estamos midiendo de forma puntual la presencia de gas Radón, un elemento que nos permite observar la adecuada ventilación».

Con tal objetivo se firmó recientemente un convenio de colaboración con la Universidad de Oviedo, personalizado en el profesor de Física Javier Fernández. La esperanza es que «el proyecto crezca en años sucesivos con ayuda de la Consejería de Educación y Cultura y que podamos llevar un control climático más amplio con nuevos parámetros que nos permitan determinar la adecuada conservación de este patrimonio».

PACHÉ MERAYO | OVIEDO.

vía El Comercio.

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