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Medianoche en la Edad de Bronce

In -Actividades de dinamización, -Gestión cultural, Galicia on agosto 17, 2011 at 16:00

Visitas nocturnas al parque arqueológico de Campo Lameiro

“¡Bienvenidos a la Edad de Bronce!”, clama el guía del parque arqueológico de Campo Lameiro. Lo acompañan diez visitantes, que hacen corro junto a un foco de 200 vatios. Son las once de la noche. Comienza un viaje de 4.000 años a través del arte rupestre. La gravilla del camino cruje a cada paso. Los visitantes se alejan del edificio principal, mientras la oscuridad empieza a envolverlos. Los pequeños puntos de luz que iluminan el paseo se hacen cada vez más distantes, hasta desaparecer.

Primera parada: Laxe da Forneiriña. “Dale a la luz”, pide Fernando, el guía del parque. El petroglifo grabado en la piedra de granito aparece de la nada. Las figuras van surgiendo de la oscuridad, a medida que el foco se mueve sobre ellas: cazoletas, alguna cruz, varios círculos concéntricos y unas cuantas imágenes zoomórficas entre las que destaca un gran ciervo. Las sombras alargan sus perfiles, los surcos se hacen más profundos, y mientras, Fernando explica la historia que esconden esos milenarios trazos.

 

“El arte rupestre no está sujeto al azar”, comenta. “Son patrones. Las personas escogieron en qué espacio geográfico y roca exacta colocar el petroglifo, dependiendo de lo que querían transmitir”. Uno de los visitantes se arranca con la primera duda: “¿Y qué querían transmitir?”. La pregunta no es fácil de responder. Mapas realizados para ayudar a orientarse, la localización de brañas, o incluso la representación de constelaciones. Interpretar el arte rupestre no es tarea sencilla. Falta el contexto que Fernando explica así: “Si ahora mismo hubiera un holocausto nuclear, los que viniesen después no tendrían manera alguna de saber que un triángulo pintado en una carretera significa que el conductor que pase por ahí tiene que ceder el paso”. Con los petroglifos ocurre lo mismo. No es una ciencia exacta, e interpretar con precisión lo que alguien quiso expresar hace 4.000 años es complicado.

 

De camino al segundo petroglifo, el guía admite cierta decepción por su reducido auditorio: “Las visitas nocturnas no funcionan tan bien como el resto de actividades”, lamenta. Hace un mes que el parque arqueológico, una instalación de la Consellería de Cultura, abrió sus puertas, y en esas cuatro semanas han hecho el recorrido 150 noctámbulos curiosos.

 

En Laxe dos Carballos, Fernando espera antes de prender el foco. “Cerrad los ojos un momento”, pide. Los visitantes se miran, sonríen pero acaban haciéndole caso. La oscuridad de la noche y la soledad invitan a hacerlo. Una ligera brisa mueve las ramas del carballo que da nombre al petroglifo. Los grillos son los únicos que se atreven a romper el silencio antes de que Fernando haga aparecer una gran roca grabada que, a pesar de llevar ahí desde el año 600 antes de Cristo, fue descubierta hace apenas dos décadas. “Se encontró por casualidad”, comenta Fernando, “pasaba una pista forestal por la parte de arriba, hubo un corrimiento de tierra, comenzaron a escavar y se encontraron con esto”. Un petroglifo cargado de significados que van de lo mitológico a lo cotidiano. Según la leyenda, el ciervo, una constante en el parque, era el encargado de arrastrar el carro que llevaba las almas al mundo de los muertos, labor que realizaba con una sumisión que los primeros habitantes de Campo Lameiro pudieron representar a través del collar que rodea su pétreo cuello. “Otra posible interpretación del petroglifo”, comenta Fernando, “podría ser la de la domesticación del mundo salvaje por los cazadores”.

 

Outeiro dos Cogoludos es la última estación. El guía aprovecha para recordar las características que marcan la identidad del parque arqueológico: “Al igual que en los otros dos petroglifos, todos los animales representados aquí apuntan hacia la misma dirección”, comenta, “probablemente en la que mejores pastos había”. Planos esquemáticos, rutas clave y algún atajo conforman sobre la piedra lo que uno de los visitantes llama “cartografía al estilo rupestre”.

 

En el camino de vuelta, Fernando vende el mantenimiento de las cien rocas que el mayor parque de arte rupestre de Galicia ha logrado documentar. “Todas se han restaurado”, explica orgulloso. “Además, está prohibido tocar, pisar o recalcar los grabados”, entre quienes buscan el método idóneo que los conserve. “Hay, hubo y habrá siempre un debate sobre qué hacer con ellos”, dice Fernando. “Se concluyó que todos tenemos derecho a disfrutarlos siempre que haya controles”. A medida que la expedición camina, los pequeños focos de luz vuelven a aparecer en el camino de piedras. La oscuridad difumina por completo la silueta del centro de interpretación, que ya de noche, logra integrarse en el entorno del parque arqueológico. Empieza a refrescar en el Campo Lameiro prehistórico.

vía ELPAÍS.com.

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