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Las becas de investigación son una miseria, trabajo temporal y un estado de servidumbre.

In D-Ofertas de empleo on septiembre 8, 2011 at 12:00

El primer problema es la dificultad para conseguir una beca. Nuestras becas son pocas y pagadas de manera miserable. En algunas, como las FPU de nuestro ministerio, los mil euros incompatibles con otro trabajo remunerado se transforman el tercer año en algo más de ochocientos.

Es muy usual comentar los problemas de la ciencia en España en base a estadísticas y a declaraciones de altos cargos de la administración o de la jerarquía académica o investigadora. A veces se consulta a los afectados por nuestro sistema que se marcharon a países lejanos, se formaron allí y luego encuentran en su propio país una puerta cerrada. La situación se ha contado tantas veces que raya en el tópico; un tópico asumido por muchos con tristeza, por los responsables con resignación y por otros muchos con indiferencia. Sin embargo es mucho menos usual consultar a aquellos que pretenden labrarse un camino desde abajo, a menudo en unas condiciones que se asemejan a las de esos salmones que nadan contracorriente.

 

El primer problema es la dificultad para conseguir una beca. Nuestras becas son pocas y pagadas de manera miserable. En algunas, como las FPU de nuestro ministerio, los mil euros incompatibles con otro trabajo remunerado se transforman el tercer año en algo más de ochocientos que, camuflados bajo la fórmula del “contrato”, continúan siendo incompatibles con otro tipo de ingresos. Esto es, sencillamente, condenar al incipiente investigador a la pobreza durante cuatro años. No es de extrañar que las vocaciones investigadoras hayan caído dramáticamente en nuestro país. El sistema está abocado a generar personal a menudo supercualificado pero miserablemente retribuído.

 

La beca, naturalmente, se concede para la realización de una tesis doctoral. Al final, existe sobre el planeta otro doctor mileurista que, por si fuera poco, no tiene ni mucho menos garantizada la continuidad de su carrera investigadora. Los curricula fastuosos no son -¡qué nadie se engañe!- garantía de poder continuar en la carrera investigadora por la sencilla razón de que hay muchos otros factores que intervienen. Lo normal, en el ámbito académico, es optar a una plaza de “ayudante doctor”. En agencias de investigación pública el salto es a empleos similares y, en todo caso, se trata de empleos temporales y nuevamente mal retribuidos: algo más de 1200 euros. Y eso si se consigue sortear los problemas generados por los departamentos, a menudo guiados por intereses muy diferentes a los estrictamente académicos e investigadores.

 

Se dirá que esto sucede en otros lugares del mundo y es posiblemente verdad. Lo que no es tan común es que las plazas universitarias lleven aparejada tanto la docencia como la investigación, de manera que para optar a una plaza ha de generarse una docencia no siempre necesaria. En España, esta cuestión ha hecho imposible a muchos investigadores el acceso a una carrera como tales, pero también ha producido una inflación de asignaturas y títulos por parte de los departamentos, que aspiran a crecer en plazas generando docencia. Esto dificulta aún más la investigación en la universidad, que gravita más bien a las agencias. Si a pesar de todo el investigador opta a una plaza y consigue dentro del departamento una confluencia de intereses en su favor, el panorama tampoco es muy halagüeño: en cinco años, si no quiere verse en la calle, debe conseguir una carrera docente exitosa y una carrera investigadora financiada y productiva. Para colmo, legalmente, figuras como la de “ayudante doctor” no puede acceder a la mayoría de las convocatorias públicas de proyectos, de manera que solo puede integrarse en un equipo o morir científicamente hablando.

 

Pobres y siervos del Estado

 

Pero digamos que la docencia viene sola. En cambio la investigación se obtiene en convocatorias públicas que suelen favorecer a los grandes grupos ya constituidos. Aunque no imposible, para los grupos emergentes -y muchos no tan emergentes- la consecución de financiación es realmente difícil en lo tocante a material fungible o inventariable y, para pagar personal -digamos un simple técnico de laboratorio mileurista- es casi imposible. El resultado es un doctor en precario que se las ve y se las desea para financiar a duras penas una línea de investigación, y que simultáneamente da clases, asume la responsabilidad ante el ministerio de finalizar el proyecto y encima realiza trabajos de nivel técnico. Por último, la precariedad y la sobrecarga de trabajo suelen generar relaciones de servidumbre -la situación es demasiado propicia- respecto de los estratos ya establecidos.

 

Pero no acaban ahí los problemas: queda la burocracia. Nadie sabe explicar porque para un proyecto nacional de escasamente 100.000 euros para tres años, hay que rellenar infinidad de información en aplicaciones electrónicas -antes eran en papel- y para un proyecto europeo de 3 millones de euros la burocracia es mucho menor. Y esto solo en lo que se refiere a la investigación; hay que añadir la burocracia consustancial al propio sistema universitario e investigador público: planes de estudio, fichas de asignaturas, campus virtuales, facturas varias, etc. Merece la pena señalar que la gestión de los proyectos de investigación recae casi siempre en los propios investigadores. A menudo todo ello genera un trabajo extraordinario que hace que el investigador propiamente dicho, se transforme en un gestor y deje la ciencia a sus colaboradores (becarios o similares), si es que los tiene.

 

Podríamos hablar de otros problemas: desde la perpetuación de cargos que viven en la molicie, a la escasísima flexibilidad de las fundaciones, la existencia de grupos de intereses, etc.

 

Después de tanto sufrimiento, en realidad muy pocos alcanzan la anhelada estabilidad laboral que es necesaria para cualquier vida realmente humana. Unos acaban yéndose al extranjero en busca de oportunidades; otros sencillamente optan por la empresa y acaban en trabajos más o menos de rutina. Algunos en trabajos completamente alejados de su cualificación. El “sistema realmente existente” es tal que, si quieres que las cosas funcionen, uno se convierte en un masoquista. Lamentablemente, en España, tanto en administración y servicios como en la investigación existe mucha gente valiosa a la que el sistema explota todos los días. Sin embargo, si se decide vivir sin demasiado esfuerzo, apoyado en el fluir de la rutina -y dejando al margen el ámbito político- el medio académico o algunas agencias de investigación son sitios a considerar. En estas condiciones es imposible que la investigación en España prospere. Se trata de un error que vamos a pagar todos juntos.

 

*Eduardo Arroyo Pardo es profesor de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid e investigador.

vía elConfidencial.com.

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