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Cartagena a la romana en septiembre.

In 7-Roma, A-Eventos on septiembre 17, 2011 at 01:50

Aprovechen las fiestas históricas de la ciudad para revivir su pasado esplendoroso pisando las calzadas y edificios que se ocultan bajo su suelo.

Conocer el pasado de la Región de Murcia pasa por visitar Cartagena, una ciudad que se viste hoy y hasta el 25 de septiembre, un poco más si cabe, de historia. Legiones de ciudadanos, casi 6.000, participan activamente en las fiestas, que rememoran el pasado más esplendoroso de la ciudad portuaria y que ha dejado huella en este privilegiado rincón de la geografía española, con uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo.

Hace 22 años -en septiembre de 1990- que un grupo de ciudadanos dio origen a las fiestas de Carthagineses y Romanos, y hoy las calles de la ciudad se llenan de festeros desfilando día y noche por las calles y plazas, y llenando de actividad el Campamento de Fiestas, instalado a las afueras del casco urbano.

En los mismos escenarios que Asdrúbal ‘El Bello’ fundó la ciudad hace más de dos milenios y en aquellos lugares donde se enfrentaron las tropas de Aníbal Barca y Publio Cornelio Escipión, los cartageneros reviven la II Guerra Púnica y la conquista de la ciudad para el Imperio Romano. Hoy, esta historia está presente en la ciudad a cada paso, por eso es ineludible aprovechar esta cita con la historia para recorrer uno a uno los escenarios que se han recuperado para generaciones presentes y futuras.

Este itinerario comienza en el Museo del Teatro Romano, la principal joya arqueológica de la ciudad, un espacio diseñado por el arquitecto Rafael Moneo, en el que el visitante atraviesa las barreras temporales para situarse en el periodo que va de 223 a. C. -fecha en la que Asdrúbal funda Quart Hadast- al 209 a. C. -victoria de Escipión- y siglos de dominación romana sucesivos.

El recorrido por el museo, que comienza con un vídeo introductorio, pone de manifiesto enseguida todas y cada una de las civilizaciones que fueron ocupando esta península, rodeada de agua por todos sus flancos hasta bien entrado el siglo XIX. Una circunstancia a la que obligaría lo limitado del territorio y que se puede ir apreciando durante todo el recorrido por la Cartagena púnica y romana.

Si impresionante es ir comprobando las piezas que han ido apareciendo en el subsuelo de la ciudad -como la cornucopia de vidrio de época bizantina o los elementos metálicos de una coraza de la misma época, la escultura de Augusto encontrada en el cerro del Molinete, o la triada capitolina que presidía el escenario del teatro romano-, aún lo es más pisar sobre los mosaicos que decoraron la casa de época republicana que se encontró en una remodelación de la cripta de la iglesia de Santa María La Vieja; o tocar los contrafuertes del templo, apoyados en basas de las columnas desechadas del teatro romano; o ver los capiteles incrustados en las paredes de la citada iglesia, al igual que los fustes que sirvieron de paredes a la ciudad bizantina que luego creció sobre el grandioso teatro -con capacidad para 6.000 o 7.000 personas-; u observar el techo derruido de una casa romana, tal y como quedó hace más de dos milenios. Pero en el impresionante espacio que hoy es el teatro romano, también están presentes episodios de la historia más contemporánea, como un refugio de la Guerra Civil, del que hoy se puede apreciar su acceso en la parte alta del graderío.

El titánico trabajo (ha llevado cerca de 20 años sacarlo a la luz) aún no ha concluido y el ayuntamiento ha reservado para mejores épocas la recuperación del patio, donde los personajes más insignes descansaban entre acto y acto de las maratonianas representaciones.

Uno sale del Teatro Romano, tras atravesar un buen trecho de ciudad por el subsuelo y contemplar a cielo abierto tan emblemático espacio, con la puerta de la villa del Castillo de la Concepción al fondo, al centro neurálgico de la ciudad por la cuesta de la Baronesa y la sorpresa es mayúscula cuando se encuentra un restaurante, La Catedral, cuyo dueño ha recuperado los retazos de historia como si fueran suyos.

Para seguir el recorrido, continúe por la calle del Aire, donde podrá disfrutar de la Casa Clares y la Casa Portela, dos de los edificios modernistas de gran belleza de la ciudad; pasará ante la iglesia de Santa María de Gracia -de donde salen las procesiones cartageneras- y llegará al Gran Hotel, un edificio con forma de proa de barco del arquitecto Víctor Beltrí (principios del siglo XX) típicamente modernista y cuyas marquesinas son similares a las de la Estación de Renfe. Continúe por la calle Jara y llegará al Decumano -eran las calzadas que atravesaban de este a oeste la ciudad-. Una calzada romana que se puede pisar y palpar, con sus comercios -tabernae- y sus termas a uno y otro lado.

Frente al Decumano está el cerro del Molinete, donde los trabajos permitirán que este espacio, en el que se ha encontrado el centro administrativo de la ciudad -el foro, la curia y hasta un refugio de la Guerra Civil-, se abra al público en la primavera próxima.

Cuando abandone el subsuelo, siga por la calle Honda hacia la plaza de San Francisco. En ese jardín, deténgase a tomar aire y sombra de alguno de los gigantescos ficus y mire detenidamente la Casa Maestre (también de Beltrí), al estilo Gaudí. Después subimos por la calle Caballero para llegar al Augusteum, los restos de un templo dedicado al emperador Augusto, donde se encontraron monedas muy especiales como el CUIN o las antefijas, elementos ornamentales que remataban los tejados, o un muro con un falo pintado. Este templo comparte espacio con lo que parecen ser los restos de una basílica y con un tramo de muralla del siglo XVI conocida como del Deán.

Salimos del Augusteum para dirigirnos, por la calle Serreta, a la Casa de la Fortuna -en la plaza Risueño-, un yacimiento en el que se conserva una vivienda romana tipo -la única visitable en la actualidad- de 200 metros cuadrados y enmarcada por dos tramos de calzada -cardo, que atravesaba la ciudad de norte a sur, recuperado por el arquitecto Pedro San Martín, al que la ciudad de Cartagena rinde pleitesía por lo que hizo por ella- con su alcantarillado intacto. En esta Casa de la Fortuna se encontraron hermosos frescos que aún hoy se pueden disfrutar en el tablinum -estancia más privada de la casa-, los mosaicos decorativos del triclinium -comedor- y el que da nombre a la casa -se lee una inscripción que reza Fortuna Propitiae-, y los cubiculum -dormitorios-.

El paseo continúa, tras volver al presente, por la calle del Duque hacia la cuesta de San Diego. Se atraviesa la plaza de la Merced (o del Lago, como se conoce popularmente), en la que se encontrará el Palacio Aguirre, otra obra modernista de Víctor Beltrí, y la sede del MURAM (ambos edificios visitables). Frente al Palacio Aguirre y la citada plaza se puede apreciar un tramo del ‘Cardo Máximo’, que acababa en el anfiteatro romano. Si sigue por la calle San Diego llega a la plaza de Jaime Bosch, donde está situada la iglesia de San Diego y el edificio de La Milagrosa, ahora rectorado de la UPCT, junto al que se levanta el centro de interpretación de la Muralla Púnica; un edificio que trata de simular el volumen de la muralla púnica y que en su interior conserva uno de los pocos restos de la civilización cartaginesa de toda la península. Una muralla habitable, construida mediante dos muros de piedra arenisca e interior hueco en el que albergaba establos, almacenes, arsenal y dependencias de los soldados.

vía La Verdad.

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