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De los metrosexuales griegos a los trucos de belleza egipcios en una exposición.

In Cataluña on enero 10, 2013 at 10:46

En la Grecia clásica, las damas (y los apuestos senadores) no podían acudir a la consulta del cirujano plástico para hacerse unos retoques o para aplicarse unos pinchazos de bótox como hacen hoy en día las estrellas del papel couché. Pero tenían sus trucos para lucir unos rostros tersos y con apariencia de ser más jóvenes.

Las mujeres, igual que ahora se cubren la cara de pepino, se ponían máscaras faciales elaboradas con harina. Por la mañana, cuando se levantaban, se retiraban el mejunje y se limpiaban con leche. En el siglo I antes de Cristo, el poeta Ovidio, en cambio, aconsejaba a sus musas que utilizaran mascarillas vegetales. El cuidado del aspecto viene de lejos y es algo común en todas las épocas, según se desprende de una exposición que se inauguró este jueves en el museo de arqueología de Cataluña, en Barcelona.

‘Historias de tocador, cosmética y belleza en la antigüedad’ exhibe los ungüentos, perfumes, maquillajes, tintes y joyas que usaban hace siglos y muestra algunos detalles curiosos, como el hecho de que en el Egipto de los faraones, y en la Grecia y Roma clásicas no conocían el jabón sólido. Para lavarse utilizaban una esponja empapada en sustancias abrasivas como la raíz de la saponaria, la sosa, o la ceniza de haya o directamente la piedra pómez. Después se aplicaban aceites para evitar la resecación y las grietas de la piel. La exposición concluye que depilarse era ya por entonces un hábito para hombres y mujeres, por tanto el concepto de metrosexual tan en boga no lo inventó David Beckham, sino que puede que algún atleta de los antiguos Juegos Olímpicos o algún gladiador famoso. Formaba parte del proceso de limpieza general y se empleaban pinzas o una especie de cera a base de brea, aceite y una sustancia cáustica.

Teñirse el pelo también era habitual, así que Lady Gaga no es tan moderna como se piensa. En concreto, en Roma, las canas se disimulaban con el color artificial. Si éste era negro o castaño, era para transmitir castidad y en general se usaban cenizas y grasa animal. Eso sí, la gran revelación para las romanas ricas fue teñirse de rubio para lucir cabellos dorados como las bárbaras de la Germania que tanto seducían a sus maridos y a las legiones del Imperio. Para ello, se aplicaba azafrán, como con el arroz, o grasa de cabra y cenizas de haya. Las pelucas hacían furor entre las más ‘pijas’ y Mesalina, la esposa del emperador Claudio, llegó a coleccionar más de 700, todas ellas rubias. En el caso de los hombres, Ovidio argumentaba que un mal corte de pelo podía estropear un rostro bello. Sobre todo la calvicie, considerada un defecto y que se disimulaba peinando el cabello hacia delante, con postizos, pelucas o aplicando ungüentos.

Además, en la exposición, abierta al público hasta junio de 2013, puede verse que las mujeres griegas tenían recetas contra la caspa, mucho antes de que se inventaran los champús milagrosos y una anécdota: los poetas latinos hablan del afeitado como un proceso lento, delicado y a veces doloroso y traumático. Y es que, en la Roma imperial no se conocían las cremas de afeitar, ni los suavizantes para navajas. Gillete tardaría años en aparecer y no es de extrañar que Nerón luciese barba. La comisaria de la exposición, Teresa Carreras, señala que los grandes pioneros del culto al cuerpo fueron los antiguos egipcios. «Se lavaban todos los días, inventaron la ducha y por higiene se rasuraban la cabeza, ya que fue una época con muchos parásitos. Por ello, para compensarlo se ponían pelucas. Y aunque las pinturas faciales son tan antiguas como el hombre -Carreras dice que ya en el neolítico y casi en el paleolítico se utilizaban- los que les dieron una utilización generalizada como arma de seducción fueron las egipcias. Sin embargo, en un principio, se pintaban los ojos para prevenir las inflamaciones oculares que provocaba el clima ventoso del desierto y para repeler los insectos. En Grecia y Roma era costumbre pintarse con maquillaje muy vivo y contrastando colores. En Roma se apreciaba tener la piel lo más blanca posible, de ahí que la cerusa o blanco de plomo servía de base de maquillaje. Se pintaban las mejillas, los labios de color rojo y los ojos, con galena o antimonio pulverizado. En cualquier caso, no había que pasarse con el ‘pote’, porque maquillarse mucho estaba relacionado con la prostitución.

vía abcdesevilla.es.

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